los somnolientes restos de lo que alguna vez
llamamos hermanos, padres, madre...
columnas de silencio se alzan sobre las cabezas
epitafios fugaces, mi última palabra de despido
me quedo corto, ínfimo, casi inexpresivo.
mas un lugar para vivos que para muertos
somos nosotros mismos quienes no descansamos
en su muerte, en la muerte ajena
susurro misterioso que tu no oyes
en aquellos suelos también han sido enterrados infantes
pequeñas cruces, árboles que jamás crecen
y yo que la coloqué ahí con mis propias manos...
nosotros que jamás hicimos daño a nadie
se nos dañó desde la misma nada
y yo que le dí el ultimo beso
cuando ella ya no era mas
y nunca volverá a ser lo que fue
y ella que sólo me cuidaba,
nunca pensó que al final yo terminaría
haciendo lo mismo con ella...
yo que la puse en la roca...
y ella que a mi me forjó como el hierro...